
Los que me siguen desde hace tiempo ya sabrán que no soy practicante de esta nueva “religión” que es la cocina molecular, “secta” que ha ido ganando gloriosos adeptos como mi paisano Dani García, o el no tan paisano Sergi Arola, entre otros muchos, distinguidos además con estrellas de la casa de neumáticos Michelin, de inspectores sin duda dados a dejarse impresionar por las virtudes, indudables, de esta nueva cocina.
Es curioso que sea un fabricante de neumáticos francés el que decida el destino, la gloria o el paso al infierno, o quizás mejor dicho, purgatorio, de la cocina. Pero esa es otra historia, y desde luego no vamos a criticar a sus inspectores, anónimos dioses que este año han sido tan generosos con la cocina española, frente a la tacañería a la que nos tienen acostumbrados.
Escribo estas lineas sin haberme recuperado todavía de la noche que versión española ha dedicado a Adriá, o mejor dicho, a El Bulli, con entrevista incluida a Ferrán y Albert, y al documental genial que ha dirigido Albert, que demuestra ser un excelente documentalista, aparte de cocinero, algo ya bien conocido. Nos cuentan la aventura que supone un día de trabajo en El Bulli, desde la llegada de los suministros por la mañana temprano, hasta el final de la jornada, por la noche, una vez recibidos y bien servidos a los escasos y privilegiados comensales que tienen la suerte de acudir a este templo de la gastronomía en la lejana y perdida cala de Girona.



